Del patrimonio arquitectónico de Retiro
El Palacio San Martín
Por Josefina del Solar
El rico patrimonio arquitectónico ha sido y es todavía una característica saliente del barrio
de Retiro. Claro que se ha perdido bastante en ese sentido, pero todavía esta zona conserva
algunas edificaciones de gran valor.
Durante el período de gran transformación urbana –último tramo del siglo diecinueve y
comienzos del veinte- esos cambios en la fisonomía del barrio se van a hacer especialmente
evidentes en las cercanías de la Plaza San Martín, donde comienzan a levantarse auténticos
palacios de valor arquitectónico. Algunos han desaparecido ya, otros permanecen todavía
como parte de un rico patrimonio urbano. Y entre estos últimos uno de los más
representativos es el Palacio San Martín, que pertenece en la actualidad a la Cancillería
Argentina.
Situado en la calle Arenales al 700, entre Esmeralda y Basavilbaso, inicialmente se lo
conoció como Palacio Anchorena por haber pertenecido a esta familia. La construcción del
magnífico edificio fue encargada por Mercedes Castellanos de Anchorena para su
residencia y la de sus hijos: Aarón, Emilio y Enrique. El arquitecto elegido para diseñarla
fue Alejandro Christophersen, autor también de otros importantes edificios en Buenos
Aires. Hijo del cónsul noruego en Cádiz –ciudad en la que nació en 1866-Christophersen
llegó a la Argentina a los veintiún años. Estaba emparentado con los Anchorena, y llegaría
a ser uno de los arquitectos más importantes de su época en nuestro medio.
La residencia comenzó a construirse en 1909 y según parece existía la intención de que
pudiera ser inaugurada al año siguiente para el Centenario de la Revolución de Mayo,
ocasión que se consideró propicia ya que vendrían varios visitantes notorios, entre ellos la
Infanta Isabel de España. Pero no pudo ser así, ya que, como ocurría con este tipo de
construcciones en esa época, los elementos se traían desde Europa, lo que sumado a otras
circunstancias solía alargar considerablemente los plazos de las obras. El caso es que el
edificio se terminó hacia 1912. Estaba conformado por tres plantas que fueron ocupadas
oportunamente: la de Esmeralda por Mercedes y Aarón de Anchorena, la del centro por
Enrique y su esposa Cecilia Cabral Hunter, y la que da sobre Basavilbaso por Emilio de
Anchorena y su esposa Leonor Uriburu. Se transformó muy pronto en centro de una
importante vida social. Figuras conocidas de la política como Roque Sáenz Peña o
Victorino de la Plaza la frecuentaron, como también visitantes internacionales, como
ocurrió para el Congreso Eucarístico Internacional de 1934 en el que tuvo como huéspedes
a dignatarios de la Iglesia Católica que vinieron a Buenos Aires. También para el
Centenario de la Declaración de la Independencia en 1916 se realizó allí una gran fiesta,
motivada además por el hecho de que un antepasado de los dueños de casa fue firmante del
Acta de Tucumán.
Respecto a la arquitectura del edificio debemos señalar que cada una de sus tres alas tiene
características y distribución diferentes, y una superficie de 2.700 metros cuadrados. A
simple vista llama la atención el pórtico de entrada -concebido muy al gusto de la época y
flanqueado por dos pabellones simétricos- desde el cual se accede a un imponente patio.
Este, por medio de una doble escalinata, conduce a las dependencias del cuerpo central del
edificio. Entre las muchas características a destacar puede mencionarse el jardín de invierno
que da a la calle Basavilbaso, como también la rotonda del primer piso, pensada como una
suerte de paseo cubierto. Respecto a su mobiliario, originalmente podían hallarse en él
piezas de gran valor artístico: arañas de cristal de Baccarat, sillones de nogal italiano
tallado y dorado a la hoja, tapices de seda francesa, alfombras persas, muchas de las cuales
fueron donadas por la familia Anchorena para que quedaran en el Palacio cuando a
mediados de la década del ’30 se decidió su venta.
Esos años junto con la crisis económica mundial trajeron grandes cambios, y la posibilidad
de mantener esas residencias palaciegas para uso particular se hizo especialmente difícil. Es
así que en 1936 se subasta el edificio de la calle Arenales, que es adquirido por el Estado
Nacional en la suma de $ 1.500.000 para sede del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Podría decirse que esta función había tenido un antecedente a destacar cuando, poco antes
de la venta mencionada, se concretó dentro de ese ámbito la firma del protocolo de Paz
entre Bolivia y Paraguay, países hasta allí enfrentados por la Guerra del Chaco.
El edificio fue declarado sede de la Cancillería Argentina. De acuerdo a sus nuevas
funciones se le dio el nombre de Palacio San Martín, desde luego en homenaje al
Libertador, tanto “por su significación internacional, militar, política y moral, como por su
amor a la soberanía de las naciones”, tal como se expresó en los considerandos del decreto
respectivo, fechado en diciembre de 1936.
En cuanto a la conservación de la estructura y el estilo originales, si bien se mantuvo hasta
la actualidad en lo esencial, el Palacio San Martín fue objeto de varias ampliaciones. Por
ejemplo el Gobierno Nacional, poco después de hacerlo con el edificio propiamente dicho,
adquirió dos solares linderos, uno sobre la calle Esmeralda y otro sobre Basavilbaso en los
que se construyeron ampliaciones buscando reproducir el estilo original. Con posterioridad
hubo otros trabajos en el mismo sentido, motivados seguramente por la necesidad de un
número mayor de dependencias para uso del Ministerio.
En 1993 se inauguró un moderno edificio frente al Palacio San Martín al que se trasladaron
las oficinas de la Cancillería Argentina. El Palacio quedó bajo la órbita de este Ministerio,
pero destinado ahora a eventos especiales o protocolares. También funciona allí un Museo
de la Diplomacia Argentina.
Digamos por fin que además de la breve reseña que aquí hemos realizado sobre los
aspectos más salientes de este palacio, existen gran cantidad de historias y anécdotas
vinculadas a él. Puede saberse por ejemplo que hubo tres cancilleres que vivieron en sus
dependencias durante sus respectivas gestiones ministeriales: José María Cantilo, Enrique
Ruiz Guiñazú y Jerónimo Remorino. También que en algunos de los trabajos allí realizados
se encontraron cosas interesantes y hasta en cierto modo misteriosas, como el caso de un
túnel que despertó muchos interrogantes, hasta que pudo saberse que era simplemente una
bodega en desuso.
El Palacio fue declarado Monumento Histórico nacional en 1997.
FOTO: Palacio San Martín