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21/5/15
5º Centenario de Santa Teresa                                         Por P. Gustavo  Boquin (*)


En la madrugada del 28 de marzo de 1515, en la ciudad amurallada de Avila nació Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada. Llegó al mundo en la España de Felipe II, en una Europa dividida por la reforma protestante iniciada por Martín Lutero, cuando Hernán Cortés iniciaba la conquista de México, Miguel Ángel comenzaba a sacar del mármol de Carrara el “Moisés” para la tumba del Papa Julio II, y Rafael completaba los maravillosos frescos de las estancias vaticanas.
Hija de Don Alonso Sánchez de Cepeda, “a quien nadie nunca vio jurar ni murmurar”, y de Doña Beatriz de Ahumada, que entonces tenía 14 años de edad, Teresa se crió en medio de una familia numerosa de doce hermanos, de los cuales tres eran del primer matrimonio del que había enviudado su padre. Una niña tan inquieta y vivaracha que, a los 16 años su padre debe confiarla al cuidado de las monjas agustinas, un convento con fama de muy severo y ordenado.
De la lectura de las novelas de caballería, Teresa pasará a la amistad de buenos libros. Lee la vida de los santos y su tío Pedro le regala las Epístolas de San Gerónimo.  A los 20 años y escapada de su casa contra la voluntad de su padre, que no quería que fuese monja, ingresará en el monasterio carmelita de la Encarnación, y allí a los 22 años profesará los votos solemnes el 3 de noviembre de 1537.
Mujer adelantada a su tiempo, deseó para la Orden del Carmen un regreso al entusiasmo de los primeros tiempos de la Orden. Para ello, no sólo tuvo que enfrentar una salud quebrantada, sino también la oposición de sus superiores y de la jerarquía.
La reforma propugnada por Teresa junto al carmelita Juan de Yépez  -San Juan de la Cruz- comprendió también a los hombres y progresó rápidamente, no obstante los escasos recursos de que disponían los iniciadores.
Con cuatro monjas y con la aprobación del Papa Pio IV, Teresa comenzó la reforma de la orden el 24 de agosto de 1562, en un pequeñísimo convento dedicado a San José, la primera casa del Carmelo Descalzo.
De su andadura por toda España saldrán 32 fundaciones, conventos austeros, auténticas casas de oración y contemplación. Siempre con la nota característica de una profunda alegría, ya que la Madre Teresa de Jesús rompió con las ideas de su tiempo que fundamentaban la vida religiosa en el temor al castigo de Dios, ella la fundamentó en el amor, diciéndonos que “orar se trata de amar mucho”. Para ella, la base de todo estaba en el amor y la contemplación de ese mismo amor divino: “el aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho”.
Escribió más de 400 cartas, y con una capacidad literaria y mística incomparable tuvo tiempo para redactar El libro de la vida, El castillo interior o las moradas, El camino de perfección y El libro de las fundaciones, entre otros.
Al igual que Francisco de Asís, Santa Teresa tuvo una gran devoción a la humanidad de Cristo y al lugar que ésta ocupa en la vida del creyente. La mística teresiana está fuertemente anclada en sólidos cimientos teológicos, en un camino que se anda por la fe, la esperanza y la caridad.
Teresa confía en la mediación de la Iglesia, siente pasión genuina por la salvación de sus hermanos y por la abnegada labor de los misioneros en todo el mundo. Sufre por la escisión protestante y es totalmente fiel a las decisiones de la Iglesia jerárquica, cuya oposición tuvo que sufrir más veces de lo que hubiera deseado.
Santa Teresa de Ávila es un portento de equilibrio y de sano y muy sabio sentido común. No está dispuesta a perder tiempo en devociones “bobas” y se aferra por completo a la ortodoxia de las enseñanzas de la Madre Iglesia. Sin temor, somete sus escritos a la Inquisición y no da paso alguno sin la autorización de sus confesores y superiores. Sabe sentir con la Iglesia, y sin criticar a su orden la transforma de raíz. Desecha a confesores cuando los descubre poco aptos para guiarla espiritualmente y, sin renuncias a los esquemas tradicionales de la vida religiosa, logró renovarla por completo.
Junto a San Juan de la Cruz, se considera a Santa Teresa la cumbre de la mística cristiana y una de las grandes maestras espirituales en la historia de la Iglesia.
Este año 2015 celebramos los 500 años del nacimiento de esta gran santa castellana, la primera mujer declarada Doctora de la Iglesia. Una maestra del equilibrio, que amó y siguió a Jesús para encontrar en su compañía aquello que le permitió integrarlo todo perfectamente.
Pocos como ella han experimentado y asumido el misterioso lugar que Dios debe ocupar en la vida del creyente, convencidos hasta lo más hondo de que “solo Dios basta”.

(*) El P. Boquin es párroco de N.S. del Socorro.

Retrato de Santa Teresa
Convento de San José, en Avila. Allí vivió un tiempo la santa.
 
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